El privilegio económico.
- Valentino Caruso

- 18 jun
- 7 min de lectura
Quién tenga el privilegio de ver y vivir una economía de privilegio está, en definitiva, separado de buen grado de la hostilidad del mundo. Tanto de su hostilidad como de su trabajo de producción de mundo inherente.
El privilegio económico, blinda a las personas. El famoso tupper o burbuja es verdadero. Y aunque se busque salir de la burbuja, el poder de la seguridad, el poder de la moneda nos ampara de lo más crudo de la realidad.
En este ensayo atajaremos únicamente el lado material y de relación con los asuntos que mantienen la realidad. Por otro lado podría hablarse del lado espiritual que un estado de privilegio altera o cuida.
El lado espiritual, hay que decirse, es más incierto, como decía un amigo privilegiado "todos dicen que linda esa casa desde afuera, pero nadie sabe cómo te trataban adentro", y así, los demonios del ego y los traumas silenciosos evaden las monedas de oro.
De todos modos, para la parte hostil de la realidad, la burocracia kafkiana que demora y golpea a la humanidad puede alterarse y evadirse.
Lo que en gran medida da el poder de compra, es comprar ahorrarse lo que es demora y ensucia la vida de las personas. Tener dinero te ahorra el trato indiferente, te recibe donde sea que vayas, porque el dinero seduce. Y no seduce con palabras, seduce con seguridad, con relax.
La hostilidad que le dio la ciudad a la relación entre las personas queda expuesta en cualquier kiosco de esquina, cualquier parada de colectivo. Y, allí donde el dinero se ausenta, la preocupación asalta los espíritus. En un mundo mercantilizado hasta en el conocimiento personal la cantidad de dinero domina las relaciones.
Nos enfocaremos en dos dimensiones, la interpersonal y la reproducción del mundo propio.
En la vida interpersonal, el privilegio económico queda en evidencia. Hace poco alguien me dijo que había tomado control sobre sus finanzas personales en el momento en el que entendió que debía ser medianamente agresivo con su capital, sobre cómo lo cuidaba y lo pensaba. De igual manera yo pensaba en abstracto que el mundo de hoy, de alguna forma, casi de forma de hechizo está todo el tiempo tratando de sacarte el dinero. Es como estar en un casino pero con una estabilidad mayor.
Absolutamente todo hoy en día te quita dinero. Desde lo más nimio, que parecería legítimo, el transporte público, el estado con los impuestos por los que corrompen sus corazones, los servicios de plataformas digitales, la billetera virtual, los intereses de los bancos y así podríamos seguir escalando hasta llegar a la creación de necesidades por parte un semio-capitalismo.
Esto es sumamente verdadero, y desemboca en la simple cuenta matemática y que legitima la voz de fondo: tenés que producir por día más de lo que gastas. Esa máxima que se fue haciendo más férrea con el tiempo, gracias a que el capitalismo evolucionó a una vida de servicios, la cuenta que era antes más sólida, gané tanto, alquiler tanto colegio tanto, ahora es un flujo variable. Esto deriva en una sensación de que hay que producir un promedio constante todos los minutos.
Nunca tan verdadera la frase que me contó mi viejo que le dijo un judío "uno nunca está quieto, está yendo para atrás o está yendo para adelante".
Esto desemboca en que el privilegio económico puede mejorar nuestras relaciones interpersonales con gente libre (libre de un cargo, ahora veremos las personas en asuntos laborales). Un otro se ve seducido sobre la posibilidad de quedar atrapado en el privilegio de uno. También está la posibilidad de sentirse seguro junto a otro, ser, por un breve periodo amparado por el privilegio de otro. Y la que ejerce poder, uno puede pensar que el otro sentirá compasión. También está aquel que cree que el privilegiado verá el valor en uno y lo convertirá en un socio.
Las relaciones interpersonales en el trabajo o en el comercio también son distintas, y un cliente con poder adquisitivo tendrá otra atención o privilegio que alguien que no. Cuando todavía no debería ser así, y es en parte lo que socava el sentido del trabajo contemporáneo, los privilegiados estarán beneficiados en los tratos, en las negociaciones, en la dureza de los límites.
Incluso hay que notar que los sectores de la gastronomía, de los autos, de la compra venta de casa y objetos de lujo, están cercados invisiblemente para personas de un cierto nivel. Dentro de este cerco, quienes trabajan ahí como empleados y no pertenecen a ese nivel, deben aprender la cortesía seductora, la alegría fría y la soltura de un privilegiado. En el supermercado francés de San Fernando, Buenos Aires, ¡hay que tener cuidado con el humor de la que atiende! (1)
Estas relaciones cambian también por el lujo, la prolijidad, el brillo y la unicidad de aquello que pocos tienen acceso. El espíritu se ve conmovido ante el diseño de una Ferrari, se ve excitado frente a la mujer o al hombre estetizado, y se ve emocionado frente a la relajación con la que tratan sus cosas.
El poder del dinero es seducción.
En el lado de reproducción de nuestro mundo, el dinero borra de nuestra vida aquellos trámites que son burocráticos, pero no por estar exentos, pero porque pueden ser comprados, o mejor dicho, se compra una estructura que lo organiza. La gente de privilegio tiene mayor trámiteria que hacer, sin dudas. Más compras en el supermercado, mayor cantidad de papeles que firmar, más y mayores números delicados que aprobar, reuniones que asistir, decisiones que tomar. A nivel doméstico, cocinar, lavar la ropa, llevar los hijos al colegio, comprar utilería, cortar el pasto, limpiar las piletas y el auto. Decorar la casa, comprar la leña, etc. etc. Sin embargo, el privilegio puede organizarlas y eficientizarlas o directamente delegarlas.
Esta delegación de las cuestiones más rutinarias y básicas de la vida son el verdadero blindaje ante la cruda y pesada realidad de lo que cuesta tener una vida. La vida es una concatenación de momentos, y en especial dos tipos de momentos. La mayor cantidad de momentos son de sustento, o sea momentos en los que uno trabaja para que pueda la vida seguir adelante, como comer, bañarse, ir al baño, tanto como ir al supermercado, llevar a los hijos al colegio, limpiar la casa, comprarse un buzo y más.
La menor cantidad de momentos son los que se disfruta el haber hecho todo bien para sobrevivir íntegramente. Estos momentos son el asado familiar del domingo (haber hecho todo bien en la semana, cuidar a los niños de la fiebre, haber comprado todo para la casa en término, resuelve y libera el domingo al mediodía de preocupaciones sentimentales, resentimientos, o meramente materialmente -el carbón, la carne y la sal están allí-), la salida con los pibes y las pibes el viernes a la noche, un curso los martes a la tarde. ¡Ir a jugar al fútbol con los pibes! es de los momentos que más pesan en la cuenta de haber hecho todo bien para sobrevivir. Cualquier falta de trabajo de reproducción de mundo mínimo puede hacer saltar el valor de un partido de fútbol con amigos.
Los placeres se vuelven una recompensa condicional.
La hostilidad no es únicamente emocional del mundo atravesándonos, sino que es la urgencia lo que le da hostilidad. La urgencia y la forma sin permiso de cómo se acerca a uno la realidad de nuestra vida.
Es de esperar que esta urgencia, cada vez más cargada de un futuro incierto, golpee a las personas hundiéndolas en una depresión, mareo o inseguridad. Pues para poder manejar todas las variables que hoy en día la vida tiene para seguir a flote en el trabajo, entre amigos, en la familia, y uno mismo, hay que ser un arquero de primera división, o un samurái que no le importa nada más que uno mismo. La exigencia contemporánea ya no te deja solamente ser, hay que decidir cómo lo harás.
La última consideración y quizá la más importante es que no todo el mundo está preparado para la forma que tiene la vida cotidiana de ser. Hay que decir verdad que el orden social está programada para funcionar entre ciertos límites de productividad y compromiso con uno mismo. En los bordes de ese plan uno vive con mucha incertidumbre, y por fuera de los límites vive en condiciones de malestar, falta de certeza, incomodidad y con una escala de valores distintas a los que la sociedad propone. Allí empieza una dialéctica en muchos órdenes distinta a la establecida en el centro de la sociedad.
Aunque quisiéramos hablar de la psicología existencial del privilegio económico no puedo dejar pasar de mencionar su fundamento estructural y conflictivo...
En definitiva, en el mundo mercantilizado y de servicios, los privilegios se desplazan entre los cuerpos de una sociedad (y la globalización permitió un desplazamiento extendido a cuerpos por fuera de nuestra imaginación y conocimiento, invisibilizándolos. Ya no están confinados únicamente a nuestra sociedad, nuestra nación). Y allí empieza a operar la dureza y hostilidad de la realidad.
Los cuerpos, aunque ya entumecidos, los soportan de mala gana, o con optimismo o, en el peor de los casos (y es la mayoría), con una servidumbre voluntaria. Aunque parezca inverosímil los privilegios económicos se sustentan en estos cuerpos siervos, porque la promesa de poder explotar los convence de que esa es la forma de mejorar sus propias condiciones.
La paradoja se mantiene (sí, materialmente y simbólicamente) sobre esos cuerpos, y los desplazados, y los explotados entre los intersticios políticos. La paradoja es, lisa y llanamente, nunca en la historia de la humanidad tuvimos tantos recursos, máquinas, y comodidad como hoy en día, sin embargo trabajamos, nos agotamos, nos peleamos por chirolas, por saber si podemos gastar dinero para cenar con amigos un miércoles.
¿Es esto lógico?
Para un próximo ensayo queda pendiente escribir sobre la filosofía de la Madre Teresa de Calcuta, quien creía en el amor, la sonrisa, el trabajo con los cercanos como posibilidad de cambio.

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